En Sudamérica hay personas que terminan convirtiéndose en sinónimo del desarrollo del disc golf en sus países. En Argentina, entre otros, tenemos a Lucho y a Nico. En Uruguay, ese lugar lo ocupa claramente Mauro Betschart.

Detrás de la primera cancha permanente de 18 hoyos del país, de la conexión con la Paul McBeth Foundation y de algunos de los eventos más importantes de la región en los últimos años, aparece siempre la misma persona empujando desde atrás. Pero más allá de todo eso, Mauro sigue describiéndose de una manera bastante simple: “Mauro es un joven de 42 años”, dice entre risas. Trabaja como gerente financiero para una empresa alemana de productos médicos, vive en Uruguay, es esposo de May y recientemente se convirtió en padre de Noah.
Su historia con el disc golf empezó de una manera muy moderna: el algoritmo de YouTube. En 2019, la plataforma le recomendó uno de los videos más virales de JomezPro: el Mundial de ese año. Lo que vino después fue un clásico de esta generación de jugadores latinoamericanos: horas y horas mirando cobertura profesional, aprendiendo reglas, viendo lanzamientos y tratando de entender cómo funcionaba ese deporte extraño que mezclaba precisión, naturaleza y creatividad.
“Sin duda la dupla de comentaristas BigSexy tuvo mucho que ver en que me enganchara”, recuerda, hablando de Jeremy Koling y Nate Sexton. “Su estilo de comentario y humor me coparon”.
Con el tiempo llegaron los primeros discos y una pequeña canasta portátil Franklin con cadenas plásticas. “Buenísima para llevar de un lado al otro, pero muy mala para jugar disc golf de verdad”, cuenta. En ese momento Uruguay todavía no tenía infraestructura, comunidad organizada ni lugares permanentes para jugar. Pero Mauro ya estaba pensando más allá.
El proyecto que parecía imposible
En 2021 vio en una transmisión de Jomez un anuncio de la fundación liderada por Paul McBeth invitando a aplicar para instalar canchas en países donde el deporte todavía estaba creciendo. Decidió intentarlo. “Sentí que no tenía nada que perder”.
El primer proyecto que presentó era una cancha de 9 hoyos en un parque de Montevideo donde se jugaba ultimate los sábados. Meses después recibió la aprobación de la fundación. El problema no era el financiamiento: la fundación cubría todos los costos. El verdadero desafío era conseguir apoyo local.
“Era literalmente un regalo para cualquier parque que quisiera instalarlo”, explica. “Pero nadie quería esforzarse ni enterarse demasiado de qué era este deporte raro que no se jugaba con pelota”.
Lo que siguió fueron más de dos años golpeando puertas, reuniéndose con autoridades y presentando propuestas en distintos espacios públicos. Hasta que apareció el Parque Roosevelt, en Canelones. “En menos de dos meses tuvimos la aprobación. Y además pudimos pasar de una cancha de 9 hoyos a una de 18”.
Hoy esa cancha no solo cambió el panorama del disc golf uruguayo, sino también el regional. La presencia de una instalación permanente permitió algo fundamental: darle estabilidad al crecimiento.
“Hacia afuera, la cancha atrae jugadores internacionales. Mucha gente que va a Buenos Aires termina cruzando en barco para venir a jugar. Incluso hay personas que vienen a Sudamérica específicamente porque la cancha está acá”.
Pero el impacto más importante quizá sea el cotidiano. Familias, adolescentes y jugadores casuales empezaron a aparecer cada fin de semana. “Tenemos muchísima gente que juega de manera recreativa. Padres con niños, adolescentes, personas que recién descubren el deporte. Tal vez hoy no se vea reflejado en UDisc, pero dentro de algunos años seguro sí”.
Construir comunidad antes que competencia
En Uruguay todavía hay pocos jugadores altamente competitivos, aunque muchos de ellos tienen historias parecidas: conocieron el deporte viviendo o viajando fuera del país y terminaron encontrando en Montevideo una comunidad donde seguir jugando.
Gran parte del crecimiento, explica Mauro, viene de algo muy simple: hacer el deporte accesible.
En la administración del parque tienen una caja con 60 discos disponibles para préstamo gratuito. Además, todos los fines de semana organizan encuentros abiertos para enseñar a lanzar, explicar reglas y acercar gente nueva. “Eso es clave. Si la gente no pudiera probar el deporte sin comprar discos, no tendríamos los jugadores casuales que tenemos hoy”.
También organizan torneos gratuitos cada dos meses y participan en actividades junto al parque para mostrar el deporte a quienes todavía no lo conocen.
La visión de Mauro parece enfocarse menos en el crecimiento explosivo y más en construir bases sólidas. Que la gente juegue, vuelva, lleve amigos y naturalice la presencia de esas “canastas raras” en medio del parque.

La hermandad rioplatense
El nombre de Mauro también quedó ligado a otro momento histórico: el desarrollo competitivo del disc golf en el Río de la Plata.
La historia empezó en 2023, durante su primera visita a Benito Juárez, donde conoció a Luciano Silva y a la comunidad local.
“Jugamos un torneíto y empezamos a hablar de lo lindo que sería tener un torneo anual entre Argentina y Uruguay”.
Ese proyecto terminaría convirtiéndose en el Torneo Rioplatense.
La primera edición oficial llegó en 2024 en Juárez. Luego, en febrero de 2025, Montevideo recibió la segunda edición, ya como torneo sancionado por la PDGA y utilizado además como inauguración oficial de la cancha de la fundación.

La tercera edición dio otro paso histórico: se realizó en la cancha de Sauron Adventure y se convirtió en el primer torneo PDGA sancionado de Argentina.
“Ese torneo confirmó que la idea tenía sentido”, cuenta Mauro. “Nos hizo ver que cada vez somos más jugadores y más gente interesada en crear comunidad”.
También destaca el apoyo de Halvor Sæltre y la embajada de Noruega, que ayudaron a abrir puertas y darle otra visibilidad al evento.
Para Mauro, más allá de los resultados deportivos, el Rioplatense representa algo mucho más importante: cooperación regional.
“Fue un enorme paso para la comunidad competitiva sudamericana y para el apoyo mutuo entre quienes quieren desarrollar el deporte”.
El futuro del disc golf uruguayo
Cuando habla del futuro, Mauro no parece pensar en límites demasiado claros. Cree que es cuestión de tiempo para que aparezcan nuevos núcleos de jugadores en ciudades como Colonia o Maldonado, y que eventualmente eso derive en nuevas canchas permanentes.

También imagina jugadores uruguayos viajando regularmente a competencias internacionales y un calendario nacional competitivo.
Y cuando se le pregunta si Montevideo podría albergar algún día un Abierto Latinoamericano, responde casi con naturalidad: “La verdad, creo que deberíamos aplicar. No veo muchas otras opciones de canchas en la región”.
Mientras tanto, sigue pasando gran parte de sus fines de semana en el Parque Roosevelt, prestando discos, enseñando a lanzar y respondiendo preguntas de curiosos.
Su explicación para convencer a alguien de probar el deporte es probablemente una de las definiciones más simples y honestas del disc golf que existen:
“Es el deporte más amigable que vas a conocer en mucho tiempo. Es gratuito, es al aire libre y podés jugar siempre que quieras. Lo único que requiere es caminar por el bosque, hacer un poco de estocadas para levantar discos del piso y un poco de ballet para lanzarlos”.